le temps detruit tout

jueves

Hoy casi muero.




La Bélgica de los noventa tenía un sabor a mar y un color verdoso que conseguía llevarnos de un lado para otro, como mecidos por la corriente, sin apenas darnos cuenta. Kilómetros y kilómetros, dormíamos un día aquí y despertábamos allá, sin saber muy bien cómo ni por qué. Sin planteárnoslo tampoco. Era una forma de vida peligrosa. Un lobo feroz disfrazado de gatito, porque de la oveja era fácil sospechar.
Ella y yo éramos parte de aquel inmenso océano mareado, colocados con psicotrópicos de diseño que nos hacía creer que aquella Bélgica de los noventa era un paraíso y que todo nos iba bien. Pero nunca va todo bien.

Una noche entró en el salón algo agitada y dijo:
—Hoy casi muero.
Me giré. Su mirada refulgía. Una gota de sudor atravesaba su frente a paso decidido. Realmente estaba agitada. Y sin embargo no había rastro de temor ni duda en su rostro, en su voz.
Me levanté y fui hacia ella. La abracé. Se me aceleró el corazón como un hijo de puta. No sabía qué más podía hacer. No quería perderla pero no querer había resultado no ser suficiente. Ni siquiera allí, en la Bélgica de los noventa. Se lo dije.
—No lo entiendes —se apresuró.
Colocó sus manos en mis hombros ejerciendo una presión hilarante. Clavó sus pupilas en las mías. Me obligó a escrutar su mirada. Y entonces brilló, fugaz pero vívida.
—Hoy casi muero. Casi. Ahí radica la importancia de la frase. No en el morir, que es algo mundano e inevitable. No en el hoy que es eterno. Casi, porque decidí no hacerlo. Casi, porque cuando ese camión decidió no frenar ante mí, yo decidí saltar. Y todo fue en un segundo, un segundo en el que casi muero.
Doblé las rodillas y caí sobre el sillón. Una sonrisa se asomaba en su cara, triunfante, revelada. Yo no estaba seguro de poder abrir la boca sin tartamudear, sin detener el temblor que invadía mi fuero interno.
Ese fue el día en que mi mundo, este efímero y minúsculo mundo, empezó a preocuparme de verdad.